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La fuerza del viento

Musse Lay Posted by Musse Lay at 01:09 AM on October 18, 2009

La fuerza del viento

 

¡Qué irreflexiva era aquella noche! ¡Qué oscilaciones gobernaban el viento! Había pasado una hora, el aturdimiento era parte de mi mente, aún no se conciliaban mi cuerpo y mi alma, tal vez todo estaba en el lugar que correspondía pero aún carecía de las facultades para digerir lo sucedido.

 

El viento iba a mil por hora, me atrapaba en el interior de su compleja máquina de movimiento. Me había vuelto insensible a él, por qué era parte de él, me absorbía y absorbía todo.

No tuve tiempo para pensar cómo podría haber evitado estar allí, las circunstancias me despertaron y no creí dilucidar salida alguna, al menos no por ahora.

 

Pero el viento debía detenerse en algún momento, así parecía a veces, pero volvía a atraparme. Y allí estaba yo, bailando la tarantella con el viento, era una danza irrefrenable, irresistible. El baile comenzó por la quita de mi libertad de elegir, el viento se había apoderado de mi y ello era demasiado evidente, tan evidente que imaginaba cada partícula de mi ser en una asamblea general decidiendo por unanimidad que yo había sido encarcelada por fuerzas externas a mi, motivo: víctima de la situación. Pero ya había escapado a mi, me sometía a las circunstancias, tal cuál como pasa cuando alguien firma un contrato de adhesión.

 

La fuerza del viento, su influencia en mi había terminado tal como había cesado, había sido un momento sin preámbulos y sin epílogos. Lo cierto es que tardé un tiempo (aunque ni siquiera sabría decir con precisión la cantidad del mismo) en tomar conciencia de lo que había pasado, de hecho creo que hasta el día de hoy, no la había descubierto totalmente.

 

Traté de analizar otros elementos, el agua, el fuego, la tierra, sentía a cada uno de ellos como hermanos. Yo era viento, era un suplo del cielo a la tierra. Un paso en ocasiones me trasladaba de un extremo a otro del mundo y en ocasiones de una sutil partícula a otra. Abrazaba hojas, praderas y montes por igual. Recorría las estrechas callecitas de antiguos poblados, perdidos por el paso del tiempo, olvidados por numerosas gente. Conocía como nadie las historias de viejas teteras vacías y oxidadas negadas a los renaceres de nuevos días. Los grandes océanos, los pequeños charcos, los bellos lagos me hablaban de sirenas y dioses escondidos entre sus brazos, acobardados de salir y dar cara a un grupo de individuos cada vez un poco más distantes entre sí.

 

¡Las veces que he escuchado decir a cada persona qué todo a cambiado! ¡Las veces que he escuchado cantar a pequeños canarios sus victorias y sus penas!

La misma conciencia del cambio había cambiado mi esencia, yo era cambio, y ello tenía un precio. Respiraba polución y jamás podía quejarme de ello, extrañaba las andanzas primaverales, el roce con las pieles de otoño y guiar a las flores a su posada. Mi eternidad así como mi cambio no encontraban su pausa, lo único constante en mis ser era el ser mismo, la certeza de mutación propia, la sed de recorrer e inquietarme por mi reacción siempre tan dependiente del contacto con diferentes compuestos.

 

¿Cómo moderar mi fuerza?. ¿Cómo evitar mi adaptabilidad?. Había decidido extender mis brazos, atravesar todos los obstáculos y coexistir con mis influencias más allá de toda intervención y limitación externa. Darme cuenta que mi única forma de expresarme con aquél contexto era mi propio ser, así como su exclusiva fuerza bondadosa y destructiva.

Me fui olvidando de mi anterior cuerpo, de mi vida pasada, de las costumbres de tomar té los domingos por la mañana, del nuevo pulóver con olor a lavanda. Ahora era algo mucho más sutil y más fugaz sin perjuicio de los breves instantes inolvidables del ayer. Decidí recorrer con mi nueva forma aquellos terruños.

 

Comencé a organizar las ideas, allí estaba mi librería favorita ahora convertida en una muy refinada boutique, el manojo de piñas caídas, los sonidos de pisadas en el bosque, mis sentidos estaban amplificados, podía vivirlos, casi crearlos. Dude de mi verdadera existencia recorrer de principio a fin el rostro de mi madre ¿aún me recordaría?. La prisa estaba ausente, podía tomarme el tiempo mientras tardara en venir, la prisa siempre estaba apurada pero yo sabía también que siempre llegaba tardíamente a sus citas.

 

Corpus, cuerpo, body, recordaba lo mucho que me costaba aprender totalmente nuevos idiomas en aquél pasado. Ahora tenía incansablemente todo el tiempo del mundo para aprenderlos, no así vía de comunicación necesaria para trasmitirlos, ni aún la vía de comunicación más primitiva... ¿o sí?. ¿Cómo habían de expresarse los primeros seres en la tierra? Con anterioridad a las ya más complejas señas, estaba el control de la fuerza, canalizada y controlada, puesta en un enorme embudo con escape hacía el contexto, hacia el mundo.

 

Los primeros intentos de comunicación con mi madre fueron fallidos, las puertas que se cerraban solas, las ventanas golpeándose bruscamente entre sí en pleno día húmedo eran sólo causales para una tremenda interpretación de lo que llaman “fantasmas en la casa”. Encontré el diario íntimo de mi niñez, ¿alguien habría echado un vistazo de él desde que me fui? Esperaba que no, temía lo contrario, una parte de mi empezaba a recordar vívidamente cada cosa sino también a aferrarse a ellas ¿cómo evitarlo?.

 

Tenía tantas cosas que preguntar, tanto por redescubrir de mi pasado, aquella desesperación por cosas que parecen tan simples para las personas como verme en el espejo, había logrado mi desate, mi liberación. Trasladé, con mis nuevas y agiles manos de aire, mi diario y lo coloqué sobre la mesa en la que mi madre se había quedado dormida, hipnotizada por el sol de la tarde. Comencé a girar con suma rapidez todas las páginas ¿dónde estaba, dónde estaba? Mi madre despertó sobresaltada al sentir semejantes ráfagas de viento. Cuando de sus labios se desprendió la frase “¿Cómo ha llegado esta aquí?” yo había encontrado lo que buscaba, la mejor página del diario de mi vida, que rezaba:

 

Creo que siempre es de día, tal vez ilumine el sol mi cuerpo y me acaricie la luz de luna, tal vez el sol ayude a los cultivos así como la lluvia, tal vez la luna indique la mejor hora de los sueños, pero a mi la luz sólo me acompaña cuando mi madre esta cerca, ¡la quiero tanto!. Día a día me pregunto porque no soy aún más expresiva con ella y con todos. Ayer me enojé porque me tocaba limpiar los platos y hacer el aseo, hoy pienso que no debí hacer ello, me di cuenta que mi madre estaba preparando una sorpresa especial para mi cumpleaños y esa era la razón por la cual me había asignado más tareas ¡me siento tan tonta e inmadura!.

 

Al momento que mi madre terminó de leer, pude darme cuenta que no lo había observado con anterioridad al diario. Su expresión era algo que ni la mutación constante podían desvanecer. La abracé con mis manos invisibles mientras la escuchaba mencionar: “yo también te quiero”.

 

Ni el tiempo, ni el cambio de preferencias, ni la adquisición de conocimientos podían borrar mi esencia, seguiría transformándome pero estaría a su lado en cada instante y más allá de los instantes.

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